Review – Call of Duty: Modern Warfare 4

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EL ANHELADO REGRESO

Hablar de Call of Duty: Modern Warfare 4 implica regresar necesariamente a 2007, cuando Infinity Ward transformó para siempre una franquicia que hasta entonces encontraba buena parte de su identidad en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Con Call of Duty 4: Modern Warfare, la serie abandonó ese escenario para trasladar la acción a conflictos contemporáneos, inaugurando una etapa que acabaría convirtiéndose en una de las más reconocibles de los videojuegos de acción. Aquella historia encontró continuidad con Modern Warfare 2 en 2009 y Modern Warfare 3 en 2011. Personajes como Captain Price y Soap MacTavish terminaron asociados de manera inseparable con la identidad de Call of Duty. La trilogía cerró su arco, pero la importancia comercial y cultural de Modern Warfare hizo demasiado difícil dejarla descansar.

Ocho años después de la conclusión de aquella saga, Infinity Ward decidió comenzar de nuevo. Call of Duty: Modern Warfare, publicado en 2019, no continuaba directamente los acontecimientos originales, sino que reinterpretaba personajes y conceptos conocidos bajo una narrativa diferente. Esa nueva línea temporal tendría continuación en Modern Warfare II de 2022 y Modern Warfare III de 2023, construyendo gradualmente su propia versión de ese universo. El problema fue que el tercero dejó una tarea complicada para cualquier sucesor. Por ello, Modern Warfare 4 no llega únicamente como otra entrega anual de Call of Duty, sino como un título obligado a justificar nuevamente el peso de uno de los apellidos más importantes de la franquicia.

Pero quizá lo más interesante de Modern Warfare 4 está precisamente en sus antecedentes. El título carga simultáneamente con dos herencias: la sombra de aquella trilogía que convirtió a Modern Warfare en sinónimo de espectáculo militar y la responsabilidad de cerrar las historias construidas por el reboot iniciado en 2019. Así, más que preguntarnos si Modern Warfare 4 puede vivir de la nostalgia, la verdadera cuestión es si todavía existe espacio para reinventar una fórmula que lleva casi veinte años definiendo buena parte de lo que entendemos por Call of Duty. Porque llevar nuevamente el nombre Modern Warfare no es únicamente regresar a una franquicia exitosa: es enfrentarse al peso de su propia historia.

CAMPAÑA ÉPICA CON LA AYUDA DE CAPTAIN PRICE

Durante años, la campaña fue uno de los grandes pilares de Call of Duty. Mucho antes de que Warzone, las temporadas y los pases de batalla dominaran buena parte de la conversación, cada nueva entrega representaba también la oportunidad de vivir una espectacular película bélica interactiva. Modern Warfare 4 recupera esa filosofía y, después de algunas campañas que quedaron lejos de los mejores momentos de la franquicia, vuelve a demostrar por qué el modo historia sigue teniendo un lugar importante dentro de la serie. Sin entrar en spoilers, la historia nos lleva hasta la península de Corea, donde una invasión de Corea del Norte contra Corea del Sur desencadena un conflicto de proporciones internacionales. En medio del caos conocemos a Park, un joven soldado surcoreano que experimenta la brutalidad del combate desde las primeras líneas junto con su escuadrón.

Paralelamente, Captain Price vuelve a ocupar un lugar central. Ahora operando fuera de los canales oficiales, el veterano personaje persigue sus propios objetivos mientras intenta mantenerse un paso adelante de quienes lo buscan. Inicialmente, ambas historias parecen avanzar por caminos diferentes, pero progresivamente comienzan a convertirse en piezas de un conflicto mucho más grande. Esta estructura permite recuperar uno de los elementos que históricamente mejor ha funcionado en Modern Warfare: cambiar constantemente la perspectiva, el escenario y la escala del combate. La campaña abandona por momentos el frente coreano para llevarnos a lugares como Nueva York, París y Mumbai, alternando enormes enfrentamientos con operaciones considerablemente más contenidas.

Modern Warfare 4 representa el regreso de una de las mejores experiencias de campaña que ha tenido Call of Duty en años. La clave está en el ritmo. La campaña sabe cuándo recurrir al espectáculo, pero también cuándo reducir la escala y generar tensión. Hay combates abiertos, enfrentamientos a corta distancia, operaciones nocturnas, persecuciones y algunos de esos grandes momentos cinematográficos que históricamente han definido a la franquicia. También encontramos diferencias frente a la fórmula tradicional. Aunque continúa siendo fundamentalmente una experiencia cinematográfica y dirigida, existen momentos donde Infinity Ward permite mayor libertad al jugador. Particularmente interesante resulta “Stranded”, una misión con una estructura más abierta, objetivos secundarios y posibilidades de exploración que modifican considerablemente el ritmo utilizado durante buena parte de la aventura.

La duración también juega a su favor. Completar la historia requiere aproximadamente entre siete y diez horas, dependiendo de la dificultad, el nivel de exploración y nuestro estilo de juego. Quienes quieran descubrir la mayor cantidad posible de contenido pueden extender considerablemente esa cifra. No pretende convertirse en una experiencia de decenas de horas, pero tampoco lo necesita. Sus 16 misiones encuentran un equilibrio interesante entre espectáculo, narrativa y variedad. Modern Warfare 4 entiende algo fundamental: una gran campaña de Call of Duty no necesita un enorme mundo abierto ni decenas de horas de contenido. Necesita ritmo, escenarios memorables, variedad, personajes interesantes y la capacidad de hacernos sentir protagonistas de una gigantesca producción bélica. Infinity Ward no reinventa aquí el género ni pretende hacerlo. En cambio, recupera aquello que durante años convirtió las campañas de Modern Warfare en acontecimientos por sí mismos.

DMZ: MUCHO MÁS QUE UN MODO SECUNDARIO

El regreso de DMZ era uno de los apartados que más curiosidad generaba de Modern Warfare 4. La idea original siempre pareció atractiva: entrar en una zona hostil, cumplir objetivos, conseguir equipo y, sobre todo, encontrar la manera de salir con vida, sin embargo, esta nueva versión consigue algo mucho más importante: hacernos sentir que DMZ finalmente tiene identidad propia. La base continúa siendo relativamente sencilla. Podemos infiltrarnos, explorar, completar operaciones, conseguir recursos y decidir en qué momento el riesgo comienza a superar la posible recompensa. Pero esa aparente simplicidad desaparece rápidamente porque cada partida obliga a tomar decisiones constantemente.

Su principal escenario es Hajin, una enorme zona de exclusión relacionada directamente con las consecuencias de la campaña de Modern Warfare 4. Aquí es posible encontrar desde instalaciones militares hasta zonas urbanas destruidas y sectores especialmente peligrosos. Pero lo interesante no es únicamente el tamaño del escenario, sino la sensación de estar entrando en un territorio impredecible. Antes de cada incursión aparece uno de los grandes cambios de esta versión: la Forward Operating Base (FOB). Más que un simple menú entre partidas, funciona como centro de operaciones. Desde aquí es posible administrar operadores, gestionar el equipo recuperado, preparar armamento y fabricar determinados objetos para avanzar como equipo. También existe una progresión individual para los operadores. Cada uno puede desarrollar diferentes características y especializarse mediante árboles de habilidades. Esto hace que perder un operador experimentado resulte mucho más doloroso que simplemente perder un arma.

Pero lo que realmente mantiene la tensión es el equilibrio entre PvE y PvP. En Hajin no solamente hay que preocuparse por los enemigos controlados por la inteligencia artificial. Hay otros jugadores recorriendo exactamente el mismo territorio y nunca se sabe cuáles son sus intenciones. Es posible evitar el enfrentamiento, concentrarse en objetivos específicos o convertirse directamente en una amenaza para los demás. No obstante, atacar constantemente a otros operadores también tiene consecuencias, porque el sistema de notoriedad puede terminar jugando en tu contra. Las Dynamic Operations son otro elemento que ayuda a romper la monotonía. Los objetivos pueden cambiar entre incursiones y coexistir con misiones relacionadas con la historia o simplemente con la posibilidad de explorar libremente.

Y ahí se encuentra la principal diferencia respecto al multijugador tradicional de Call of Duty. Aquí, matar más enemigos no necesariamente significa haber jugado mejor: a veces la mejor decisión es combatir; otras, pasar inadvertido, e incluso abandonar un objetivo porque conservar lo conseguido tiene más valor que arriesgarlo todo. Esa incertidumbre es precisamente lo que más destaca del renovado DMZ. El jugador no siente que esté entrando únicamente a otra variante de Call of Duty, sino que está preparando una operación donde cada decisión importa y donde sobrevivir puede resultar considerablemente más satisfactorio que conseguir otra baja. DMZ finalmente entiende que la extracción no es el final de la partida: es la recompensa por haber sabido cuándo arriesgarse y, todavía más importante, cuándo dejar de hacerlo.

EL TRADICIONAL Y ADICTIVO MULTIJUGADOR

Si la campaña representa el lado cinematográfico de Modern Warfare 4, el multijugador vuelve a ser ese espacio donde realmente se mide la longevidad de Call of Duty. Esta vez, Infinity Ward apuesta por una combinación interesante: mantener los modos que prácticamente forman parte del ADN de la franquicia y, al mismo tiempo, experimentar con nuevas variantes capaces de modificar la manera en que jugamos. La base continúa estando en los enfrentamientos 6v6 y en clásicos como Team Deathmatch, Domination, Hardpoint, Kill Confirmed, Free for All y Search and Destroy. Son modalidades que necesitan pocas presentaciones, pero que funcionan particularmente bien con la decisión de regresar a un combate boots on the ground, acompañado por un sistema de movimiento que busca mantener velocidad y fluidez.

Hijack introduce una dinámica basada en un Data Spike que ambos equipos deben disputar. Una vez conseguido puedo transportarlo, lanzarlo o pasárselo a un compañero mientras intentamos avanzar hasta la estación de comunicaciones enemiga. Plantarlo genera puntos y conseguir que finalmente detone ofrece una recompensa adicional.  A esto se suman Inflation, Collateral y Frontline. Este último mantiene las reapariciones dentro de la base de cada equipo y recompensa avanzar hacia territorio contrario, generando una especie de frente de batalla que obliga a decidir cuánto presionar al enemigo sin descuidar nuestra propia zona. Collateral cambia completamente el ritmo: es un modo 5v5 de una vida por ronda donde las eliminaciones y los objetivos generan dinero para comprar una selección limitada de armas y equipamiento.

También regresa Gunfight, pero aquí encontramos uno de los experimentos más llamativos. Además de sus enfrentamientos tradicionales, existe Gunfight 10v10, mientras que Kill Block funciona como un campo de batalla modular capaz de albergar partidas 3v3 y 10v10. En el mismo tenor, aparece nuevamente Ground War, acompañado por Combat Outpost y escenarios diseñados para batallas a mayor escala. Modern Warfare 4 dispone de tres mapas Ground War 32v32, frente a los doce mapas Core 6v6 disponibles desde el lanzamiento. Finalmente están propuestas más desenfadadas como Gun Game y Drop Zone, que sirven para romper con la intensidad competitiva del resto de modalidades. Pero lo que termina definiendo al multijugador no es simplemente la cantidad de opciones. Es su capacidad para cambiar de ritmo, pudiendo pasar de la precisión y tensión de Search and Destroy a la acción inmediata de Team Deathmatch, después entrar en una partida de Gunfight o terminar dentro de una batalla de gran escala.

UN REGRESO POR TODO LO ALTO

Después de casi dos décadas de historia, múltiples reinterpretaciones y una fórmula que parecía condenada a repetirse indefinidamente, Call of Duty: Modern Warfare 4 consigue algo que no era sencillo: recordar por qué esta franquicia llegó a convertirse en uno de los grandes referentes de los juegos de acción en primera persona. No estamos ante una revolución. Infinity Ward no intenta reconstruir Call of Duty desde sus cimientos ni abandonar aquello que ha definido a la serie durante tantos años. Por el contrario, parece entender que el camino estaba en recuperar sus mayores fortalezas, modernizarlas y acompañarlas con nuevas ideas que aportaran variedad sin destruir su identidad.

La campaña es probablemente el mejor ejemplo. Después de entregas donde el modo historia había perdido protagonismo, aquí vuelve a convertirse en una parte fundamental de la experiencia. Sus 16 misiones, la variedad de escenarios, el cambio constante de escala y una narrativa capaz de combinar el espectáculo con momentos más contenidos recuperan esa sensación de estar participando en una enorme producción cinematográfica. No todas las misiones alcanzan el mismo nivel y algunas ideas podrían desarrollarse más, pero cuando Modern Warfare 4 encuentra su ritmo, encontramos también algunos de los mejores momentos que la franquicia nos ha entregado en años.

El multijugador sigue siendo enormemente reconocible, quizá demasiado en determinados momentos. Existen mapas y enfrentamientos donde aparece inevitablemente esa sensación de estar recorriendo caminos que Call of Duty lleva transitando durante años. El balance de armas, determinados puntos de aparición y el ajuste de algunas mecánicas todavía tienen margen para mejorar. Es aquí donde las futuras actualizaciones tendrán mucho que decir, especialmente para mantener equilibrada una experiencia destinada a evolucionar durante los próximos meses, sin embargo, la cantidad de alternativas consigue compensarlo. Los modos tradicionales siguen funcionando, mientras Hijack, Collateral, Frontline, Gunfight y las batallas de mayor escala proporcionan suficientes cambios de ritmo para que cada sesión pueda sentirse diferente.

DMZ merece una mención especial. Ya no es percibido como un experimento colocado alrededor de los modos principales, sino como una experiencia capaz de sostenerse por sí misma. La FOB, la progresión de los operadores, las Dynamic Operations y, sobre todo, esa permanente tensión entre arriesgar lo conseguido o buscar inmediatamente una extracción le proporcionan una identidad mucho más definida. Todavía existe espacio para ampliar objetivos, mejorar la variedad y seguir dando profundidad a Hajin, pero precisamente su estructura permite imaginar hasta dónde podría evolucionar mediante nuevo contenido. Y quizás esa sea también una de las mayores fortalezas de Modern Warfare 4: lo que tenemos ahora se siente completo, pero no necesariamente terminado. Hay aspectos por equilibrar, sistemas susceptibles de ajustes y contenido que inevitablemente crecerá mediante actualizaciones.

Sus defectos existen y sería un error ignorarlos. La fórmula continúa dependiendo parcialmente de ideas conocidas, algunas innovaciones son más conservadoras de lo esperado y determinados elementos necesitarán ajustes. Pero ninguno de estos problemas consigue eclipsar el conjunto. Modern Warfare 4 es, ante todo, el regreso de Call of Duty por todo lo alto. Una entrega que recupera el espectáculo de su campaña, fortalece su multijugador y finalmente permite que DMZ encuentre su propia personalidad. Y si este realmente representa el final del camino para esta etapa de Modern Warfare, pocas despedidas podían resultar más apropiadas. Porque después de comenzar nuevamente su historia en 2019, esta reinterpretación encuentra aquí algo más importante que otra secuela: un auténtico broche de oro para cerrar una de las etapas más importantes de Call of Duty.



José Celorio
José Celorio
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