
Estamos en épocas mundialistas… si es que alguien puede pagar una entrada o ha decidido desplegar velas en ceros y unos para poder ver los 104 juegos en este mes. Ya no digamos las molestias urbanas, manejos políticos lamentables y, pues, el cúmulo de razones que dan sentido a la frase “odio eterno al futbol moderno”.
Si después de eso queda un poco de pasión por el futbol, será una temporada para recordarnos lo lejos que puede llegar la humanidad. Sí, una serie de partidos son la muestra perfecta para demostrar los alcances de nuestra especie. Incluso en momentos donde no das ni cinco centavos por su futuro.
Ponte en los zapatos de José Leandro Andrade, de Luis Monti, de Dixie Dean, de Ricardo Zamora o de Giuseppe Meazza. Todas esas estrellas a las cuales, en los años 30, el mundo vitoreaba como los nuevos héroes míticos. Los herederos de los gladiadores y sobre quienes, donde el futbol sí vale la pena, aún se cuentan sus relatos.
Eran hombres de un tiempo donde ir a jugar al extranjero, en muchas ocasiones, representaba un viaje de 30 días en barco. Esa fue una de las principales razones por las cuales en Uruguay 1930 sólo se presentaron 13 de las 16 selecciones invitadas. O por las que el equipo charrúa, campeón en casa de la primera Copa del Mundo, se negó a ir a Italia para defender su corona.
¿Qué pensarían al saber que, casi un siglo después, habría un mundial que abarcara tres países? Con una logística compleja pero donde el viajar de una ciudad a otra es viable. Al punto de que Cabo Verde, de todas las selecciones posibles, hará 4 mil 700 kilómetros de viajes entre Miami, Atlanta, Houston y Guadalajara. Para ponerlo en perspectiva: el nombre de Uruguay 1930 es un decir. Ningún partido de aquel torneo se celebró fuera de la ciudad de Montevideo.
Bueno, el brinco a Uruguay 1930 quizá fue demasiado al pasado. Vámonos a 1970, el primer mundial de México. La consagración definitiva de Edson Arantes como monarca del deporte mundial. Y una prueba de que, incluso para ellos, nuestra actualidad sonaría también a ciencia ficción.
Los jugadores de la mítica Brasil del 70 jugaron un promedio de 40 partidos oficiales al año. Fueron unos 20 en competiciones estatales, 16 en competencias nacionales, 6 en la Copa Mundial. Sí, te da 42. Pero suma que hubo clubes de ciudades más grandes o con mayor popularidad que jugaron incluso algunos más, mientras otros en estados más pequeños jugaron menos.
Un jugador estelar, un todo terreno en Europa, puede llegar a jugar 38 partidos de liga nacional, 17 partidos de Champions League (si llegas a la final), hasta 12 partidos de copas nacionales, así como 8 en el Mundial. Sin contar amistosos ni otros torneos sacados de la nada por la FIFA para llenarse los bolsillos (como el Mundial de Clubes de 32 equipos), el total es de 75 juegos.
Básicamente el heredero de Pelé en el 2026 tendrá que jugar prácticamente el doble de partidos este año de los que disputó O Rei en su prime. Todo a tope de rendimiento y dando todo de sí en la cancha, sin disminuir el ritmo de juego.
Lo anterior es principalmente un milagro de la ciencia y la medicina deportiva. Aquella que permitió a Lionel Messi superar deficiencias hormonales, al tiempo que brindó a Cristiano Ronaldo planes personalizados de entrenamiento, nutrición y fisioterapia para alargar su carrera mientras anota goles por centenares. La mera posibilidad de que esto sea posible seguramente haría pensar a un jugador de aquella época que los extraterrestres bajaron para darnos la receta de la eterna juventud.
Lo anterior, sin embargo, no sería justo para héroes del pueblo como el héroe del Brasil campeón en el 62: Mané Garrincha. Un mago con el balón a la usanza de Ronaldinho, sólo que a él la polio le dejó pierna más corta que la otra mientras, de acuerdo con testimonios, padecía algún grado de deficiencia intelectual. Jugadores como él (el mejor de todos los tiempos, considerando el contexto, para quien esto escribe) son el recordatorio de que la humanidad más absoluta es capaz de lo extraordinario.
Ah, sí, no me he olvidado de las gallinas genocidas galácticas. Pero las dejé al final porque puedo jurar que tú también las has padecido. Verás: William Muir, en un intento por optimizar la producción avícola, desarrolló un experimento. Por un lado puso a gallinas ponedoras con una alta tasa de productividad individual, mientras su grupo de control tenía sólo gallinas promedio.
Muir esperaba encontrar que el corral con los súper pollos alcanzara un nivel de productividad elevado. Lo que encontró fue, más bien, una escena de horror cósmico: gallinas matándose entre sí de forma inevitable.
Lo que debería haber sido un número récord de huevos para el desayuno de la mañana terminó siendo un festival de plumas, vísceras y sangre. ¿Por qué? Porque sus tasas de productividad se lograron intimidando a las demás, a veces atacándolas. Junta a un grupo de bullies ultra territoriales y mega competitivos: tendrás una masacre sin duda.
Las lecciones de Muir, biólogo evolutivo de la Universidad de Purdue, han sido trasladadas a los ambientes laborales. No falta el genio de la administración que filtra a los empleados, dejando a los más competitivos en el equipo de trabajo y despidiendo a los “mediocres”. Sólo para encontrar a sus empresas en una decadencia de productividad, con entornos de trabajo insoportables y, por supuesto, a buena parte de dichos equipos renunciando a la brevedad.
Florentino Pérez replicó este experimento… sin querer. Cuando ganó las elecciones como presidente del Real Madrid, justo en el cambio de milenio, prometió llenar el equipo de jugadores “galácticos”. Desechó a futbolistas funcionales pero sin reflectores, como Claude Makelele, para llenar a la escuadra de íconos como Zidane, Ronaldo Nazario, Beckham, Owen o Figo (cuyo fichaje bastó para que volara una cabeza de cerdo, por cierto).
Ese equipo “galáctico” fue un fracaso absoluto. No ganó la Champions, mientras que se quedó muy corto en sus expectativas perdiendo partidos clave contra equipos más humildes como el Zaragoza, el Mónaco… o los Pumas. Entre las razones que se dan para esta era lamentable es, precisamente, que se llenó de jugadores incapaces de colaborar entre sí. Incluso, en más de una ocasión, habrían reducido su efectividad porque no había un equipo que jugara alrededor sólo de ellos.
Comparemos esto con la Argentina de México 86. Cierto, está el factor Maradona. Pero el Diegote no se pasó todo el torneo arrancando por la derecha como el genio del futbol mundial que fue. Recibió asistencias y, por supuesto, también asistió a jugadores competentes, históricos, pero infinitamente menos míticos como Valdano, Batista y Burruchaga. De hecho, durante la legendaria narración de Víctor Hugo Morales, queda claro que el último le abrió camino para lograr su obra maestra ante Inglaterra en el Azteca.
Si al Diego le cuentas que un día la gloria del 86 iba a poder explicarse con gallinas asesinas se hubiera quedado igual de boquiabierto como aquel día que le preguntaron su opinión del partido mientras era entrenador de los Dorados. Le hubiera volado la cabeza. Ya no digamos al equipo argentino que quedó subcampeón del primer mundial, cuyo principal problema fue jugar con un balón diferente durante el segundo tiempo.
Porque, al final, lo que para nosotros es un martes cualquiera para la humanidad del pasado era ficción absoluta. Algo que ni en el futurismo más absoluto llegaron a imaginar. Que sirva como recordatorio de que, aún en medio de la desesperanza, la esperanza del ayer la vivimos hoy.
Ah, sí, las gallinas normales produjeron una cantidad mayor de huevos debido a que vivían en completa armonía. Pero seamos honestos: desde que supiste de las gallinas genocidas te dejó de importar.






















